lunes, 11 de julio de 2011

El viaje de Ting Ting Mei


Invitaciones

          Recuerdo la antesala, el espacio de transición, donde las cortinas gritaban una decadencia prematura. No quise entender que la decoración fuera parte, que fuera también sus días y sus pasajes, los incontables espejos, la expresión devuelta, también el desconcierto y las llaves descolgadas. Alejandro eligió guiarme por el pasillo sin encender las luces, hasta el fondo de la casa porque ya llegábamos, porque faltaba poco.
          Supe que lo señorial no era suyo sino de la madre. Con el eco en los pasillos se escuchaban todas sus peticiones y de alguna manera, el murmullo transcurría aunque no fuera exactamente domingo. La comida estuvo más o menos lista. La albahaca peligró en su aroma a punto de quemarse, las vajillas titubearon en su delicadeza conservada y el aceite poco medido lo tiñó todo de espesura. Incluso la mesa, la gran mesa lo desaborido que se sentía en un almuerzo al vacío.
          Al terminar rogué no quedar expuesta. Me pregunté si la necesidad, si el amor son prácticamente la misma cosa. Los comprendí en el fondo y se me iluminaron los ojos cuando los miré de cerca. El hijo, la madre. Él me odió profundamente y yo me habré entristecido en silencio.
          Con el tiempo me fui acostumbrando, hasta llegué a pensar que en la casa haría falta un gato. Fue atrevido cómo lo propuse. ¿Y si yo le ponía un nombre? ¿y si lo criábamos juntos? Alejandro me respondió que no había lugar, y cuando se me desfiguraba la cara me explicó que la madre siempre había sido alérgica.
          Cada tanto nos divertíamos. Nos gustaba, por ejemplo, imaginar mundos con sólo escudriñar la portada de las películas que no alcanzábamos a ver. Viajábamos o actuábamos, pero por alguna razón él siempre renegaba de mis elecciones. Yo me sentía tonta y predecible, repentinamente se me anudaban los argumentos en la boca y el calor o la descompensación del encierro se tornaban imposibles.
          En esos momentos, alguien llamaba a la puerta no una sino tres veces, y cuando los golpes retumbaban en mi cuerpo entero, no podía evitar abrazarlo con todas mis fuerzas: “Alejandro, no me dejes, no me dejes atrapada”.

***

Intercambio
 
          Me mantenía boca arriba lo más que podía. Sin reparar en los movimientos, entregándome al automatismo de haber dormido tantos días, me reconocía la panza lentamente: primero el ombligo, el centro que agita los temblores de la noche; después el contorno, asintiendo a su forma levemente redondeada; luego, todo el detenimiento en el tacto, o en las sensaciones de cuando se forma un valle, una grieta, y justo cuando empiezo a reencontrarme con las microimperfecciones, Alejandro generalmente se impacientaba observando el proceso. Su lema era que si no dolía, estaba bien.
          Ese día entonces no fue diferente. La temperatura era amena, la posición aunque estática no había logrado entumecerme ninguna parte del cuerpo, incluso podría decirse que me había despertado sin sed. Mi panza estaba descubierta, sanamente inexpresiva y entregada sin más al momento del ritual. Alejandro me preguntó y repreguntó lo mismo de siempre. Le expliqué con paciencia y devoción que tocarse el cuerpo no es necesariamente sentirse mal o efectuar una exploración. Para mí es un simple saludo le dije, “Buenos días, yo también sigo acá”.
          Alejandro sonreía, me decía que él en cambio había sufrido toda la noche las sobreexigencias del mundo, que había descubierto la debilidad, resignado su voluntad frente a las posibilidades fisiológicas, y específicamente, se había visto abatido en la inutilidad de sus conocimientos en la medicina. Incluso podría decirse que se había despertado sin ganas de fumar,  que se sentía afiebrado y que había decidido dejar de lado sus actividades programadas. Yo no sabía si sentía culpa o un pequeño alivio. Por las dudas le dije que no se preocupara, que grave o poco grave igual estaba enfermo y que es válido descansar cuando uno está enfermo.
          Durante la mayor parte del tiempo se acostó con los ojos cerrados. Aproveché para espiarlo y confirmar que lo poco saludable en efecto le sentaba bien. Tenía un brillo especial en la piel, un barniz tenue y cristalino le cubría la frente y parte de los pómulos. Su pelo arremolinaba los restos de la tarde, y a la luz que se filtraba por la ventana, me entretenía siguiendo cada pelusita y sus destellos flotantes. Entre todo eso, los labios le resaltaban de manera asombrosa, y al fruncir la boca fallaba en humedecerlos completamente. Se movían cada tanto, entreabiertos-entrecerrados y esa pequeña intermitencia lograba disipar la habitación, y me despertaba del ensueño.
          Habría exhalado en esos momentos, pienso, cuando me acerqué a preguntarle, a preguntarle si estaba bien, si le dolía, si necesitaba, definitivamente, ya habría sido irreversible en esos momentos, cuando dudaba, cuando percibía y cuando me perdía en lo que intentaba decirme.  Ahora, indefectiblemente siento, que muy dentro de mi panza, yo también estoy incubando algo. 

lunes, 16 de mayo de 2011

Pequeño álbum de Letras Combinadas XII

 Lautaro

 Ting Ting Mei















Mario Nosotti










         Ben Darlingon y Cecilia Maugeri




 













Eugenia Coiro
















Daniel Samoilovich

miércoles, 6 de abril de 2011

Letras Combinadas XII


Letras Combinadas XII

en Vuela el Pez

(Córdoba 4379)

Viernes 15 de abril, 19 h.

Viajeros invitados:
Daniel Samoilovich
Mario Nosotti
Eugenia Coiro
Ting Ting Mei
Ben Darlington
Cecilia Maugeri

Además habrá música en vivo y exposición de arte.


jueves, 17 de marzo de 2011

Se viene el nuevo Letras Combinadas el 15 de abril en Vuela el Pez, Club de Arte.
¡Agendalo!

martes, 22 de junio de 2010

El viaje de Nicolás Di Candia



Verdades acerca de usted

Usted sabe leer. En este momento usted está leyendo, y lo que está leyendo es la palabra esto. Usted acaba de hacer una pausa en su lectura, indicada por la puntuación.
Usted se está preguntando a dónde quiero llegar con esto. Pero continúa leyendo, evidentemente no se decepcionó todavía con estas verdades que le estoy disiendo. Usted acaba de notar que “diciendo” está escrito con ese. Lo hice a propósito, sólo para darle la satisfacción de haberlo notado y mostrarle mi imperfección y vulnerabilidad. Tal vez usted esté buscando otros errores ortográficos a ver si puse más, y puede que encuentre. En ese caso, lo felicito.
En los últimos segundos usted no estaba pensando en las Islas Canarias. Pero ahora sí. Ése es mi poder, dirigir su pensamiento hacia donde quiero. Ahora usted va a pensar en: una manzana, un avión, una pelota número 5, Cristóbal Colón, un ala delta, un terrón de azúcar, cualquier objeto fálico y el color amarillo. ¿Vio? Usted pensó en todas esas cosas, y por lo tanto tengo control sobre su pensamiento.
Usted no se preocupa porque esto es un juego inofensivo, y está tranquilo al saber que el dueño de lo que usted realmente piensa, sobre todo acerca de asuntos relevantes, no es otro que usted. Usted opina que la libertad, la democracia y los derechos humanos son cosas buenas. Me atrevería a apostar que usted cree que las Malvinas son argentinas. A usted le parece que su educación podría haber sido mejor. Usted a veces se arrepiente luego de realizar alguna actividad. Usted está compuesto mayormente de agua. Usted inhala oxígeno y exhala dióxido de carbono. Lo mismo hacían sus ancestros.
Usted ya hace varios párrafos que agarró la idea. Sin embargo, sigue leyendo. Eso quiere decir que le interesa cómo va a seguir. Le interesa particularmente cómo va a terminar. Y seguramente me quiere agarrar en alguna inexactitud. No lo conseguirá, soy muy cauto para estas cosas. Por eso, lo que más me conviene es terminar rápido. Así que va la última verdad: al acabar esta oración, usted llegará al final del texto.

El viaje de Gabriel Ventura Gulí

El viaje de Bárbara Jelen


El músculo galopa.
El sol se amontona a los costados de la vía.
Donde en apariencia
no se produce
ni un gesto mínimo
el líquido semántico
fluctúa
la piel filtra
ríos se elevan

habría que
inmiscuirse en lo insólito
hasta que la piedra caiga
y se produzca el agujero

¿Se puede decir desde el silencio?


      ***


 No hace falta decir
“Hola, voy a correr un riesgo”
tan solo correr
y correr
como Lola
casi un día entero
con los párpados quebrados
los espejos desnudos
el descontrol propio de las almejas
en un despampanante desencanto
con el tiempo en los huesos
y  la sangre espesa
desembranada.
  


     ***



¿cómo
     volverme más espesa
más
                        presente?



***

  Un hueso que se desprende de la carne
la carne más allá de la carne
un pescado
un hueso corroído
la carne más allá de la carne
no resulta una buena alternativa

en ocasiones
el temperamento
espesa la sangre
cuando el movimiento
no implica traslación

después de girar como locos
descubrimos
que estamos parados
frente al farol de siempre
con la luz
gastada      cepia
que se fue apagando
de a poco
inexorable
hasta que todo quedó oscuro
rojo.


***

a veces
hay que sangrar
para qué
te miren